Pensamiento político

A una década de la conclusión del neoliberalismo

Por Andrés Arell-Báez*

Forbes México, 15 de mayo de 2018

Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo”. La frase, incendiaría en su esencia, tiene como autor al investigador del MIT, creador de uno de los libros de texto de economía más importantes de la actualidad y considerado en varios medios como el mejor economista de la historia, el profesor Paul Samuelson. Fue esta pronunciada en el 2009, en momentos posteriores a la caída de Lehman Brothers, el otrora segundo banco más grande de los Estados Unidos, cuya debacle dio inicio a una crisis económica mundial tan profunda que hoy no se ha podido encontrar un escape de ella, llevando a catalogar este periodo histórico por varios economistas de prestigio global como el de la Gran Recesión. Hoy, con la ventaja otorgada por el paso del tiempo, podemos criticar la sentencia del afamado ganador del Nobel en 1970, y proponer un cambio diciendo que, tal y como nos dijo el político colombiano Gustavo Petro en entrevista para este mismo espacio, no estamos ante el fin del capitalismo, sino ante el del neoliberalismo.

En nueva edición de su texto clásico, “Economía”, para ser lanzada en pleno auge de la Gran Recesión, Samuelson estipula que “muchos libros se han excedido en su presentación de un liberalismo excesivamente complaciente. Se unieron a celebrar las finanzas del libre mercado y apoyaron tanto el desmantelamiento de las regulaciones como la abolición de la supervisión del Estado. La amarga cosecha de esta celebración ha sido evidente en los exuberantes mercados hipotecario y accionario, que se colapsaron y provocaron la crisis financiera actual”.

Ignacio Ramonet hace análisis de la debacle con evidente soltura, ya tradicional en él, en uno de sus poderosos escritos de aquellos aciagos días. Era un mundo con unos banqueros “dispuestos a todo para sacar ganancias: ventas en corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización (sic) de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds… La fiebre del provecho fácil se contagió a todo el planeta. La globalización condujo la economía mundial a tomar la forma de una economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera llegó a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza real mundial. Y de golpe, esa gigantesca ‘burbuja’ reventó”.

Para 2010 la situación económica se hallaba en un abismo del que parecía imposible salir. Cambios políticos, sociales e incluso académicos comenzaron a suceder. Se entendía ya que el dogma neoliberal era el causante de la pavorosa situación vivida. Las tesis impuestas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher entraban en un marcado proceso de desprestigio. El centrismo, la necesidad de la participación del Estado junto al mercado en la economía, postulado por economistas como Stiglitz, Krugman y nuestro citado Samuelson, entraba de nuevo en auge, en parte como consecuencia de la respuesta bastante hipócrita dada a la crisis por el gobierno Bush.

En “Wall Street: Money Never Sleeps”, el filme de Oliver Stone, se pone el dedo en la llaga del asunto cuando en una escena entre el secretario del tesoro de los Estados Unidos y los principales banqueros del país, estos últimos a punto de perder sus empresas, le solicitan al gobierno 700 mil millones de dólares para evitar la quiebra de las instituciones privadas a su cargo. Dice el representante del gobierno: “¿ven lo que están pidiendo? El mayor rescate en la historia de la humanidad. Nacionalización. Socialismo. Todo contra lo que he luchado toda mi vida”.

Comprensible que de tal desbarajuste se desprenda el nacimiento de movimientos sociales alternativos, con fuerza política en todo el planeta que han cambiado el panorama electoral. Bernie Sanders, quien sorprendió a medio mundo con su astronómico crecimiento en las primarias por el Partido Demócrata de los Estados Unidos, a pesar de ser un declarado “socialista”, en sus masivas presentaciones citaba constantemente a Martin Luther King, líder crítico del “cómodo socialismo para los ricos y el más salvaje capitalismo para los pobres” habido en su país. La descripción hecha encuentra sustento en la realidad, precisamente en los albores de la Gran Recesión: meses antes de salvar al corrupto sistema financiero con una cantidad de dinero sin precedentes en la historia, George W. Bush se negó a entregar una ayuda para alimentar a los niños pobres de su país, arguyendo falta de recursos, a pesar de que el monto requerido era 175 veces menor al entregado a la banca.

Barack Obama, presidente demócrata elegido en Estados Unidos en gran parte por el voto castigo contra los republicanos, consecuencia del pésimo manejo económico durante su mandato, propagaba el eliminar la ley Glass-Stegall, algo que hizo a medias con la promulgación de la Dodd-Frank. No obstante, no sólo en la oposición política se hallaba eco en la crítica al modelo económico dominante. En reporte de la BBC se deja saber que, en aquellos años, “el Comité Basel, que reúne a bancos centrales de todo el mundo, propuso a instancias del G20 una reforma que incluye un aumento de los encajes o reservas que los bancos deben tener para hacer frente a una crisis”. Se buscaba una nueva arquitectura financiera internacional que controlara a la banca y evitara otra crisis.

Pero tal y como sucedió a principios del milenio con la ida a nada de la iniciativa del FMI, organismo quien tuvo la exacta misma solicitud de regulación como respuesta a la crisis del sudeste asiático en 1997, hoy el sistema financiero internacional sigue tan irresponsable como antes, estableciendo nuevos productos de altísimo riesgo, que podrían llevar a una nueva debacle.

En un primer escenario, debemos decir que Wall Street, principal foco de origen de la crisis desatada hace una década, no busca, ni por equivocación, regular o frenar sus negocios. En texto de la ex ejecutiva de Goldman Sachs, Nomi Prin, dicientemente titulado “Donald Trump y la siguiente debacle financiera”, queda claro que el presidente de los Estados Unidos, quien como candidato prometió regular ese sector de su país, ha cedido al ubicar en los principales puestos de su banco central, la FED, a connotados hombres de ese sector de la economía. Sobresalen Richard Clarida, antiguo asesor del gigante de inversiones Pimco; John C. Williams, anterior presidente de la FED en San Francisco, cuyo mandato es recordado por haber permitido a Wells Fargo crear 3.5 millones de cuentas falsas y estafar a sus clientes con seguros de auto e hipotecas falsas en un monto total de mil millones de dólares; y, por supuesto, Steven Mnuchin, secretario del Tesoro y antiguo hombre fuerte de Goldman Sachs.

Es fácil comprender porque Wall Street vive una luna de miel con Donald Trump. El presidente tiene como objetivo mantener tasas de interés bajas, que permitan préstamos baratos a las grandes instituciones financieras, quienes, nos deja saber la historia, especulan con él en apuestas aventuradas que dan ganancias rápidas, incrementos altos en el Dow Jones; y, he aquí el, pero, posibles consecuencias más adelante, con pérdidas que la nación entera se ve obligada a asumir, a pesar de que en la época de ganancias es ella completamente ignorada.

Esa laxitud, exigida con vehemencia por el sector financiero (pagando hasta cinco lobistas por congresista), busca crear nuevos mecanismos de enriquecimiento fácil y rápido, demasiadas veces ellos ilegales. En el filme, “The China Hustle”, que Forbes llamó el más importante del 2018, se narra la historia de cómo los hombres de finanzas lograron, en tiempo récord, cambiar la estafa de las hipotecas subprime (causantes de la debacle de 2008), por la de fusiones inversas con compañías chinas.

Al igual que las hipotecas de casas sin valor que se mezclaban con inmuebles valiosos, lo que realizaban banqueros y abogados de Manhattan (en asocio con empresarios de la potencia asiática) era la compra de una empresa ya quebrada de los Estados Unidos por parte de una de China con rendimiento mediocre. Con la acción se creaba una organización norteamericana que podía cotizar en el NYSE. Los banqueros y abogados de los Estados Unidos falseaban los reportes de este nuevo ente económico y los presentaban con excelentes resultados, con lo que conseguían inversionistas. El documental calcula que lograron mover hasta 50.000 millones de dólares.

Buscando poder hacer grandes operaciones de venta en corto (pedir prestada una acción a punto de caer su precio, para vendérsela a otra persona antes de que baje su valor, con tal de poder comprarla más adelante cuando esté desvalorizada y devolverla a su dueño original, obteniendo una ganancia en el ejercicio), los corredores lograron mover capitales ingentes a China, incrementando el precio de unas empresas de papel, cuyo valor en sus acciones se desmoronó una vez se conoció el real estado de sus finanzas. Lo más impactante del filme es que concluye insinuando que la entrada a bolsa de Alibaba en Estados Unidos, no es otra cosa que una operación de este tipo: una estafa masiva.

Pero los afanes de liberarse de cualquier atadura regulatoria no suceden exclusivamente en el continente americano. Frederic Lemaire y Dominique Plihon escriben en su texto “Una bomba de tiempo financiera”, que: “apenas siete años después de una de las mayores crisis de la historia económica, el tren de la desregulación financiera vuelve a ponerse en marcha. La angustia que embargaba a los directivos de los bancos en el otoño de 2008 ya no es más que un vago recuerdo”. Citan ellos a Jonathan Hill, comisario europeo de servicios financieros, quien en 2015 proponía para Europa el “derribar los obstáculos para facilitar la libre circulación de capitales entre los veintiocho Estados miembros”.

¿A qué se refería exactamente el burócrata del Viejo Continente? Responden los autores que “la propuesta faro concierne al desarrollo de la titularización de los préstamos bancarios”. En breve, busca el ente regulador que los bancos y organismos financieros de Europa tengan todas las herramientas necesarias para poder hacer negocios, exactamente iguales a los realizados por sus colegas al otro lado del Atlántico a inicios del milenio, con las hipotecas subprime y que llevaron a la debacle de todo el sistema económico.

Podríamos decir fácilmente que Wall Street, y sus colegas a nivel mundial, no han aprendido nada de la crisis. Pero la realidad es más aterradora: somos nosotros, los votantes del planeta, quienes no hemos sacado las lecciones correctas de las catástrofes anteriormente sufridas. El negocio está perfectamente diseñado y ejecutado por estos grandes emporios: tomar los recursos del público, invertirlos en productos arriesgados con alta rentabilidad, esperar a que caigan ellos y, luego, para asumir las pérdidas, pedir dinero público para ser rescatados. Banqueros de todas latitudes han entrado en un circulo que los hace enriquecerse para comprar poder político, con el que pueden emitir leyes a su favor que los hace más ricos, dándoles más capital para comprar más poder político que produzca más leyes a su favor. El riesgo moral hace a estas instituciones unas peligrosas para el capitalismo mundial.

El neoliberalismo ha transformado el sistema financiero de un intermediario de la economía real al fin de todo el proceso económico. Lo anterior ha llevado a una concentración del capital sin parangón en el pasado. La razón: en el capitalismo tradicional, la riqueza provenía del trabajo; en el capitalismo financiero actual, sólo aquellos con capital pueden hacer crecer su riqueza. En breve: nuestros padres podrían hacer riqueza trabajando; en nuestra era, sólo los que ya tienen dinero pueden hacer más dinero. Los niveles de movilidad social hoy son de los más bajos en todos los tiempos.

*Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

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