Ecología

Mercados, finanza y ecología

 Ignacio Ramonet, fundador de attac: en diciembre de 2017 (La metáfora Pascua) y hace 20 años, en 1997 (Desarmar a los mercados). Francisco Morote, attac Canarias 2012 (Desarmar a los mercados, 15 años después)

Le Monde Diplomatique

Nº: 266   Diciembre  2017

La metáfora Pascua

La Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP23) se llevó a cabo en Bonn (Alemania), del 6 al 17 de noviembre pasado. Recibió a más de 25.000 participantes, incluidas delegaciones nacionales, a representantes de unas quinientas ONG y a más de mil periodistas.

Dos temas influyeron de modo determinante en el desarrollo de la COP23: la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París (COP21) y una mayor incidencia de fenómenos potencialmente asociados al cambio climático en muchos lugares del planeta. Que Fiyi –Estado archipiélago amenazado de desaparición por la subida del nivel del mar– haya presidido la COP23, siendo un conjunto de islas supervulnerable que acaba de enfrentarse, hace solo unos meses, al ciclón más potente registrado y con un programa muy ambicioso de despliegue de energías renovables, pone en el centro del debate los impactos, la adaptación y la mitigación desde el mundo en desarrollo, dejando en evidencia la Administración de Trump, que ha convertido a su país en el único miembro que no formará parte del Acuerdo de París a partir de 2020.

Un sentido de urgencia y la equidad como aspectos centrales del debate marcaron el entorno en que se movió esta COP23.

La cumbre concluyó con un balance paupérrimo, sin apenas progresos, y con el único consuelo de que la comunidad internacional sigue unida en la lucha contra el calentamiento global pese a la deserción de la Administración estadounidense por decisión del presidente Donald Trump. Además, en agosto pasado, Washington anunció que retiraría todos los fondos del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), el órgano de la Organización de las Naciones Unidas encargado de investigar el cambio climático.

Las casi doscientas delegaciones presentes en la antigua capital de la República Federal Alemana no lograron ni siquiera ponerse de acuerdo sobre los mecanismos técnicos que permitirán poner en marcha el acuerdo suscrito hace dos años en París en la COP21. Fue una cumbre decepcionante. Ahora, el peso recae sobre la próxima cumbre, que se celebrará, en diciembre de 2018, en la ciudad polaca de Katowice, situada en el epicentro de una gran cuenca carbonífera…

La cumbre de Bonn fue decepcionante también porque la mayoría de los asuntos han sido, sencillamente, aplazados. A pesar de que un número creciente de sucesos catastróficos nos recuerda cada día la gravedad del problema que, en el último año, se ha agravado al haber crecido un 2% las emisiones de CO2 a la atmósfera, tras dos años de esperanzador estancamiento. Las inundaciones en la India y Nigeria, las sequías en amplios territorios del planeta, los ciclones del Caribe y los incendios que se desataron en Estados Unidos y Europa en este 2017, sirvieron de telón de fondo. “El mar se traga aldeas, devora la costa y arruina los cultivos –declaró Timoci Naulusala, de 12 años, procedente de las islas Fiyi, en un apasionado discurso–. Las muertes por hambre y sed, el realojamiento de personas, los llantos por los seres queridos perdidos… Quizá crean que eso solo afectará a los países pequeños. Se equivocan”.

El gran objetivo de esta cumbre fallida era empezar a redactar el reglamento del Acuerdo de París (2015), pero los actores reconocieron que será preciso un empuje mucho mayor para que el documento esté concluido antes de finales de 2018. La ausencia de Washington en los debates decisivos de la cumbre, suplida en parte por numerosos representantes de la sociedad civil estadounidense, no se dejó sentir demasiado, pero muchos participantes acusaron el golpe, conscientes de que esa deserción hiere gravemente el acuerdo.

“La acción a nivel nacional está muy lejos de lo que se necesita –sintetizó Manuel Pulgar-Vidal, de la asociación WWF–. El abismo entre lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer es gigantesco”. En el mismo sentido se pronunció Wolfgang Jamann, de Care International: “Los acuerdos políticos no han abordado suficientemente la dura realidad climática a la que ya se enfrentan millones de personas”. “Nunca había visto una COP con una tasa de adrenalina tan baja”, expresó un diplomático europeo en declaraciones a la agencia France Presse. Y también muy sintomático fue el comunicado emitido por la delegación española: “En Bonn, se ha continuado trabajando para construir el Acuerdo de París y no habido retroceso en ninguno de los temas tratados…”.

Los principales escollos en las negociaciones, que se prolongarán el año que viene en Katowice (Polonia), atañían a dos asuntos clave. El primero, conocido como “Diálogo de Talanoa” (1), es la revisión de los compromisos de reducción de emisiones de CO2 que se anunciaron en París, es decir: qué criterios se aplicarán para que los países ofrezcan propuestas más ambiciosas con vistas al 2020, cuando se pondrá en marcha el nuevo tratado, puesto que las que se encuentran ahora sobre la mesa no garantizan la estabilización de las temperaturas globales, sino que las impulsan más de tres grados por encima de los valores preindustriales. En Katowice, con nuevos datos del IPCC (el grupo de expertos en clima de la ONU), se realizará una nueva evaluación colectiva de cómo están evolucionando el calentamiento global y las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero.

El segundo escollo fue nuevamente la financiación que los países industrializados destinarán para que los países en desarrollo puedan adaptarse al calentamiento global, ahora con el agravante de la ausencia de Estados Unidos, lo que podría obligar a las restantes potencias a aumentar su contribución (la Administración de Trump ya ha anunciado que no abonará su participación al llamado Fondo Verde de la ONU). En la COP15 de Copenhague (2009), se acordó que los países industrializados aportarían 100.000 millones de dólares anuales a partir del año 2020, pero los detalles de la implementación no se han precisado.

Y la urgencia es enorme: “Este año, tres ciclones excepcionalmente violentos devastaron el Caribe, las inundaciones destruyeron miles de hogares y escuelas en el sur de Asia y la sequía trajo devastación a millones de personas en el este de África –declaró Tracy Carty, jefa de la delegación de Oxfam–. Ya no estamos hablando del futuro. Los países y comunidades más pobres del mundo ya están luchando por sus vidas contra los desastres intensificados por el cambio climático”. Por su parte, Jens Mattias Clausen, jefe de la delegación de Greenpeace, añadió: “Hablar no es suficiente. Nos falta la acción. Llamamos a Francia, Alemania, China y otras grandes potencias a intensificar y mostrar el liderazgo que dicen tener. Aferrarse al carbón o a la energía nuclear y desfilar como campeones del clima mientras no se puede acelerar la transición hacia la energía limpia no es más que mala fe”.

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), las centrales de carbón siguen produciendo casi el 40% de la electricidad mundial, y son uno de los principales factores causantes del cambio climático. Además, la contaminación del aire por la quema de carbón causa enfermedades respiratorias severas y otros muchos efectos nocivos para la salud.

La canciller de Ecuador, María Fernanda Espinosa, destacó en su intervención, en nombre del Grupo negociador G77+China (que agrupa 134 países), que se necesita avanzar prioritariamente en el financiamiento del Fondo Verde para el Clima (FVC), que permite captar recursos financieros de los países desarrollados para que las naciones en desarrollo más vulnerables puedan afrontar las consecuencias del cambio climático. El FVC espera contar con unos 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Sin duda, uno de los grandes retos de los próximos años será avanzar en ese tema.

María Fernanda Espinosa recordó también que el planeta ya afronta las consecuencias desastrosas del cambio del clima, a través de graves inundaciones, derretimiento de glaciares, sequías, que además son amenazas para la seguridad alimentaria. Asimismo hizo un llamamiento para proteger a las mujeres, niños, niñas, migrantes y refugiados, quienes son los más afectados por el cambio climático, que calificó de “mayor amenaza global de este siglo”.

Aunque Donald Trump lo niegue, el calentamiento del sistema climático es una realidad inequívoca. Unos 2.500 científicos internacionales, miembros del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEEC), lo han confirmado de modo indiscutible. Su causa principal es la actividad humana que produce un aumento descontrolado de emisiones de gases, sobre todo dióxido de carbono (CO2), producto del consumo de combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas natural. La deforestación acrecienta el problema. Porque los árboles, las plantas y las algas de los océanos absorben y neutralizan el CO2, y producen oxígeno; de ese modo ayudan a combatir el efecto invernadero.

Desde la Convención del Clima y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y la firma del Protocolo de Kioto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más que durante los decenios precedentes. Si no se toman medidas urgentes, la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro grados. Lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la desertificación se extenderá, los huracanes, los ciclones y los tifones se multiplicarán, centenares de especies animales desaparecerán…

Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones ya vulnerables del África Subsahariana, de Asia del Sur y del Sureste, de América Latina y de los países insulares ecuatoriales. En algunas regiones, las cosechas podrían reducirse en más de la mitad y el déficit de agua potable agravarse, lo que empujará a cientos de millones de “refugiados climáticos” a buscar a toda costa asilo en las zonas menos afectadas… Las “guerras climáticas” proliferarán.

Para evitar esa nefasta cascada de calamidades, la comunidad científica internacional recomienda una reducción urgente del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Único modo de evitar que la situación se vuelva incontrolable.

Por otra parte, debemos cambiar nuestro modelo económico despilfarrador que agota los recursos del planeta. Actualmente, la Tierra ya es incapaz de regenerar un 30% de lo que cada año consumen sus habitantes. Y, demográficamente, estos no cesan de crecer. Somos ya 7.500 millones, y en 2050 seremos más de 9.000 millones… Lo cual complica el problema. Porque no hay recursos para todos. Si cada habitante consumiese como un estadounidense se necesitarían los recursos de tres planetas. Si consumiese como un europeo, los de dos planetas… Y no disponemos más que de una única Tierra. Una diminuta isla en la inmensidad de las galaxias.

A este respecto se recordó en Bonn, en reiteradas ocasiones, la “metáfora Pascua”, en alusión al desastre que conoció la isla de Pascua o Rapa Nui (Chile). A esa tierra, una de las más aisladas del planeta, llegó entre los años 800 y 1200 una expedición polinesia que quedó cortada del resto del mundo. Pequeña (unos 160km2), la isla estaba recubierta con una suntuosa vegetación, rodeada de aguas muy ricas en peces, con costas llenas de moluscos y millones de aves migratorias que allí anidaban. En unos cuantos decenios, los rapanuis se multiplicaron y desarrollaron una brillante civilización (la de los moai), que aún hoy asombra al mundo. Pero lo hicieron a base de explotar con exceso y sin precaución las riquezas de la isla. Resultado: en poco tiempo, no quedaba un árbol en la isla, ni un pez en sus mares, ni un molusco en sus costas, ni un ave en sus nidos… Cuando el escritor francés Pierre Loti visitó la isla en 1872, solo quedaban unos cientos de habitantes, “un pueblo de fantasmas, desnudos, esqueléticos y hambrientos; últimos escombros de una raza misteriosa” (2).

Con la excepción de Donald Trump, cada día quedan menos escépticos frente a las evidencias del cambio climático. Cada habitante de nuestro planeta puede constatar, en particular, estas siete realidades: 1) la temperatura global sigue aumentando (2017 ha sido uno de los tres años más cálidos de la historia desde que existen estadísticas); 2) la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos sigue en aumento; 3) la concentración de CO2 sigue acumulándose; 4) sigue subiendo el nivel de los mares; 5) la acidificación de los océanos no disminuye; 6) las capas de hielo de la Antártida siguen reduciéndose; 7) sigue disminuyendo el hielo marino en el Ártico.

En Bonn, los países más desfavorecidos exigían a los más industrializados que indicasen, con dos años de antelación, cuánto dinero iban a aportar y en qué plazos. Con el objetivo de que pudieran saber con qué fondos podrían contar. Fuentes de la delegación de la Unión Europea (UE) aseguraron que con los márgenes presupuestarios que manejan los países europeos no es factible decir, aquí y ahora –como les estaban exigiendo–, cuánto dinero van a aportar en un horizonte de diez años, si bien no ha sido la UE quien se ha opuesto a avanzar en este exhaustivo reporte, sino Estados Unidos, Australia y Japón. Por su parte, Angela Merkel se comprometió a duplicar los fondos para el clima y ayudar a los países en desarrollo para 2020, y explicitó su compromiso de ayudar a las naciones en desarrollo en iniciativas como sistemas de información climática y gestión de riesgo de desastre.

Pero los participantes se decepcionaron cuando Merkel anunció su plan para reducir la dependencia del carbón de Alemania. Alrededor del 40% del sector energético de ese país depende del carbón y, de seguir así, Alemania no cumplirá sus objetivos en materia de reducción de emisiones contaminantes para 2020. De hecho, la Unión Europea no podrá lograr su objetivo de reducir los gases de efecto invernadero en por lo menos un 40% para 2030, respecto de los niveles de 1990, a menos que cambien las políticas y redoblen sus compromisos. España, por su parte, es uno de los países de Europa Occidental –junto con Polonia y Alemania– que no ha firmado el compromiso gradual para poner fin a la producción de carbón con el año 2030 como horizonte…

En este sentido, desde el inicio, la cruzada de las negociaciones ha tenido como punto central definir cómo pueden los países más ricos ayudar a los menos desarrollados en la adaptación y en la compensación. Bajo el primer concepto entran las distintas formas de cambiar las economías para depender menos del petróleo, gas y carbón.

La tarea, ya de por sí titánica, se complicó este año cuando Donald Trump anunció que sacaba a su país del Acuerdo climático. Desde su campaña electoral en 2016, el republicano prometió esta medida. Y es que, entre otras razones, el presidente Trump considera que el cambio climático es una “mentira” fabricada por los chinos para minar la economía estadounidense…

Sin embargo, el proceso de renuncia lleva tres años, lo que convierte a Estados Unidos en un signatario hasta entonces. Por eso vino a Bonn una pequeña delegación oficial, con el secretario de Estado, Rex Tillerson, al frente. Y es que un grupo rival de gobernadores, alcaldes y líderes empresarios también estuvo presente en Bonn: la desafiante coalición norteamericana “We Are Still In”, liderada por el exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, en nombre del Centro de Acción Climática de Estados Unidos. Así pues, hubo dos delegaciones estadounidenses en la cumbre, lo que llevó a los expertos a preguntarse cuál era la que realmente hablaba en nombre del país y a los asistentes a preguntarse con cuál hablar…

En este contexto, los expertos coinciden en que Estados Unidos dejó un vacío en el liderazgo climático. Más allá del compromiso que muestra la Unión Europea, la lupa se puso en los dos mayores responsables junto a EEUU de las emisiones: la India y China. El primero ya asumió el desafío al hacer de la energía solar un proyecto a gran escala. Por su parte, Pekín también da indicios de no querer echarse para atrás. Con su plan para un nuevo mercado nacional de carbono, China propone poner un precio a las emisiones corporativas.

Visto el fracaso de la COP23 y la inacción gubernamental, y visto que no podemos “bajarnos del mundo” como decía Mafalda, nuestras principales esperanzas residen actualmente en las 7.500 ciudades y entidades de todo tipo, en particular centenares de asociaciones de ciudadanos, que se han propuesto avanzar por su cuenta hacia una sociedad baja o nula en carbono. Está en juego el destino de la humanidad.   


(1) El “Diálogo de Talanoa” es importante para suplir el vacío entre el Protocolo de Kioto (vigente hasta el 31 de diciembre de 2012 y extendido por ocho años más hasta el 31 de diciembre de 2020) y el Acuerdo de París, que entrará en vigor en 2020.

(2) Pierre Loti, L’île de Pâques. Journal d’un aspirant de “La Flore”, Éditions La Simarre, Joué-les-Tours, 2016.


Le Monde Diplomatique

Desarmar a los mercados

Ignacio Ramonet

diciembre de 1997

El tifón que han experimentado las bolsas de Asia amenaza al resto del mundo. La mundialización –cuyo principal motor es la optimización a escala planetaria del capital financiero– está poniendo a los pueblos en estado de inseguridad generalizada. Ignora y rebaja a las naciones y a sus Estados en tanto que espacios idóneos para el ejercicio de la democracia y como garantes del bien común.

La mundialización financiera ha creado de esta forma su propio Estado. Un Estado supranacional, que dispone de sus aparatos, de sus redes de influencia y de sus propios medios de acción. Se trata de la constelación formada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Organización Mundial del Comercio (OMC). Estas instituciones hablan con una sola voz –amplificada por la práctica totalidad de los media– para exaltar las “virtudes del mercado”.

Este Estado mundial es un poder sin sociedad, ya que este rol es ejercido por los mercados financieros y las empresas gigantes de los que son mandatarios. El resultado es que las sociedades realmente existentes son sociedades sin poder (1). Y todo esto no deja de agravarse. (Léase en este número el dossier sobre la crisis financiera actual).

Sucesora del GATT, la OMC se ha transformado desde 1995 en una institución dotada de poderes supranacionales y situada fuera de cualquier control por parte de las democracias parlamentarias.

Una vez que se propone intervenir, la OMC puede declarar a las legislaciones nacionales en materia de derecho laboral, de medio ambiente o de salud “contrarias a la libertad de comercio” y pedir su derogación (2). Por otra parte, desde mayo de 1995, en el seno de la OCDE, al margen de la opinión pública de los diferentes países, se negocia el muy importante Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), que deberá ser firmado en 1998, y que se orienta a dar plenos poderes a los inversores frente a los gobiernos.

El desarme del poder financiero debe convertirse en un objetivo de interés cívico de primera magnitud, si se quiere evitar que el mundo del próximo siglo se transforme en una jungla donde los predadores impongan su ley.

Diariamente unos 1.500 millardos de dólares realizan múltiples idas y venidas, especulando sobre las variaciones en las cotizaciones de las divisas. Esta inestabilidad de los cambios es una de las causas del alza de los intereses reales, que frena el consumo doméstico y las inversiones de las empresas. Incrementa los déficits públicos y por otra parte incita a los fondos de pensiones, que manejan centenares de miles de millones de dólares, a reclamar a las empresas dividendos cada vez más elevados. Las primeras víctimas de esta “caza” del beneficio son los asalariados, cuyos despidos masivos hacen subir las cotizaciones bursátiles de sus ex-empleadores. ¿Pueden las sociedades seguir tolerando lo intolerable por mucho tiempo? Es urgente arrojar algunos granos de arena en el engranaje de estos movimientos de capitales devastadores. De tres formas: supresión de los “paraísos fiscales”; aumento de la fiscalidad en las rentas del capital; aplicación de tasas sobre las transacciones financieras.

Los paraísos fiscales son zonas en las que reina el secreto bancario, que no sirve más que para camuflar malversaciones y otras actividades mafiosas. Miles de millones de dólares son sustraídos de esta forma a toda fiscalidad en beneficio de los poderosos y de los establecimientos financieros. Porque todos los grandes bancos del planeta tienen sucursales en los paraísos fiscales y extraen un gran provecho de ello. ¿Por qué no decretar un boicot financiero, por ejemplo, a Gibraltar, o a las Islas Caimán o a Liechtenstein, mediante una prohibición a los bancos que trabajan con el sector público de operar y abrir filiales en esos lugares?

El impuesto sobre las rentas financieras es una exigencia democrática mínima. Estos beneficios deberían ser sometidos exactamente a la misma fiscalidad a la que se somete a las rentas del trabajo. Esto no sucede en ningún lugar, en particular en la Unión Europea.

La libertad total de circulación de capitales desestabiliza a la democracia. Por ello es importante poner en marcha mecanismos disuasorios. Uno de ellos es la Tasa Tobin, que toma su nombre del Premio Nobel norteamericano de economía, que la propuso en 1972. Se trata de gravar, de forma módica, todas las transacciones sobre los mercados de cambios para estabilizarlos y al mismo tiempo para procurar ingresos a la comunidad internacional. Con un nivel del 0,1%, la tasa Tobin lograría anualmente unos 166 mil millones de dólares, dos veces más que la suma anual necesaria para erradicar la pobreza extremada de aquí al comienzo del próximo siglo (3).

Numerosos expertos han señalado que la puesta en práctica de esta tasa no presentaría ninguna dificultad técnica (4). Su aplicación arruinaría el credo liberal de cuantos no cesan de evocar la ausencia de soluciones de recambio al sistema actual.

¿Por qué no crear (a escala planetaria) la Organización no Gubernamental Acción por una tasa Tobin de ayuda a los ciudadanos (ATTAC)? En coordinación con sindicatos y asociaciones con finalidades culturales, sociales o ecológicas, podría funcionar como un formidable grupo de presión cívica ante los gobiernos para impulsarles a reclamar finalmente la puesta en marcha efectiva de este impuesto mundial por la solidaridad.

(1) Léase André Gorz, Misères du present, richesse de l’avenir, Gallilée, París, 1997; así como la comunicación de Bernard Cassen en el coloquio “La social-démocratie à l’heure de la mundialisation“, organizado por el Partido Quebequés (PQ) el 2 y 28 de setiembre de 1997. Por otra parte, el Grupo de Lisboa, presidido por Riccardo Petrella, publicará próximamente un estudio titulado “El desarme financiero“.

(2) Cf. François Chesnais, La mundialisatión du capital, Syros, París, 1997 (nueva edición corregida).

(3) Rapport sur le developpment humain 1997. Economica, París.

(4) Cf. Mahbub Ul Haq, Inge Kaul, Isabelle Grunberg. The Tobin Tax; coping with Financial validity, Oxford University Press, Oxford, 1996. Léase Le Monde diplomatique, edición española, febrero de 1997.


Desarmar a los mercados hoy

13 diciembre 2012

Francisco Morote Costa – ATTAC Canarias

Se cumple ahora, diciembre de 2012, el decimoquinto aniversario de la publicación en Le Monde diplomatique del editorial de Ignacio Ramonet Desarmar a los mercados ( diciembre, 1997 ). Es un suceso digno de recordar porque en aquel editorial Ramonet describía al poder financiero – la banca sobre todo -, como el responsable de una globalización que “está poniendo a los pueblos en estado de inseguridad generalizada” y que ” ignora y rebaja a las naciones y a sus Estados como espacios idóneos para el ejercicio de la democracia y garantes del bien común.”

Por consiguiente, con una visión profética que el paso del tiempo no ha hecho sino confirmar, sostenía : ” El desarme del poder financiero debe convertirse en un objetivo de interés cívico de primera magnitud, si se quiere evitar que el mundo del próximo siglo se transforme en una jungla donde los predadores impongan su ley.”

Pero, ¿cómo desarmar, por aquel entonces, a los mercados, es decir, al poder financiero?

Ramonet proponía tres medidas : “Supresión de los paraísos fiscales; aumento de la fiscalidad en las rentas del capital; aplicación de tasas sobre las transacciones financieras”. Y poniendo el acento en la tercera de las propuestas lanzaba la idea de la Tasa Tobin, “mecanismo disuasorio” contra “la libertad total de circulación de capitales (que ) desestabiliza la democracia.”

Como es bien sabido el editorial de Ramonet concluía con la proposición de crear a escala internacional Acción por una Tasa Tobin de Ayuda a los Ciudadanos ( ATTAC ), acrónimo que hoy corresponde a Asociación por una Tasa a las Transacciones financieras para Ayuda al Ciudadano.

Transcurridos quince años desde el editorial de Ramonet y cuando la dramática crisis económica y social que el poder financiero contribuyó decisivamente a desatar no ha remitido, podemos preguntarnos, ¿hemos desarmado a los mercados, al poder financiero que se oculta tras de ellos?

Desde luego no es una tarea que corresponda sólo a ATTAC, una sencilla asociación, al fin y al cabo, pero la necesidad de hacerlo, la necesidad de meter en cintura al poder financiero, ese poder fáctico que está por encima de los gobiernos y de la democracia, es más perentoria que nunca.

¿ Cómo hacerlo ?

Sin duda, las propuestas de Ramonet siguen siendo válidas, pero si se quiere desarmar de verdad el poder financiero y muy especialmente el de los banqueros convertidos en ‘banksters’, hay que ir mas lejos.

Mi idea es que hoy, para socavar el poder financiero, hay que desarrollar tres líneas de acción: la de la justicia fiscal global; la de las nacionalizaciones; y la de la defensa y expansión del Estado del bienestar.

Hoy la justicia fiscal global hay que traducirla en múltiples impuestos mundiales antiespeculativos, solidarios, ecológicos, etcétera, entre los que sigue teniendo un papel esencial la popularmente conocida como Tasa Tobin. Pero, además, es más necesario que nunca el imperio de modelos fiscales donde las rentas tributen en proporción a los ingresos, modelos que luchen eficazmente contra el fraude, la evasión y el exilio fiscal. El complemento de esta batalla contra la insolidaridad de los ricos, que es como decir el poder financiero mismo, sigue siendo, como proponía Ramonet la lucha por la supresión de los paraísos fiscales,”zonas en las que reina el secreto bancario, que no sirve más que para camuflar malversaciones y otras actividades mafiosas”. ( Por cierto, ¿para cuándo un Día Mundial para la Supresión de los Paraísos Fiscales? )

Más de tres décadas de neoliberalismo y de una propaganda maniquea que ha repetido hasta la saciedad la mentira de que lo privado es siempre mejor y más eficaz que lo público, ha ‘acostumbrado’ a la ciudadanía a aceptar como inevitable que lo público – empresas, servicios -, se privatice, engaño increíble, en beneficio de toda la sociedad, falsedad que el monopolio de los medios ha propagado sin fisuras durante la era de la globalización neoliberal. Y, sin embargo, cuando el desastroso desempeño del modelo capitalista neoliberal ha llevado a la quiebra de multitud de entidades financieras, haciendo temer un crack de proporciones mayores que el de 1929, esas entidades, bancarias casi todas, han sido nacionalizadas ¿ publitizadas?, tranquilamente para poder ser saneadas con dinero público y con el propósito, inaudito desde cualquier punto de vista, de devolverlas otra vez al ‘mercado’, para que puedan seguir lucrándose con su actividad mafiosa a costa de la inmensa mayoría de la sociedad.

Hay que poner fin a este desatino. ¿Qué hacer con unos bancos privados con ánimo de lucro que están en el origen de la crisis financiera, económica y social de 2007 hasta hoy; que han sido recapitalizados con sumas billonarias de dinero público y que en muchos países continúan su carrera de enriquecimiento privado a costa del endeudamiento de las familias hipotecadas y ahora, también, con el saqueo del dinero de los presupuestos generales de los Estados a través de la deuda soberana y a costa de la destrucción del Estado del bienestar ? ¿Alguien en su sano juicio puede esperar que una banca así pueda ser refrenada o controlada por los poderes políticos al uso? No, justamente sucede al revés, son ellos los que en última instancia, véase el caso de la Unión Europea hoy, controlan y dirigen a los poderes políticos.

De ahí que la única decisión lógica, si se quiere poner fin a la dictadura de los mercados, al imperio del poder financiero internacional, sea la de nacionalizar toda la banca privada con ánimo de lucro, convirtiéndola en banca pública capaz de operar con criterios éticos y económicos sostenibles.

El capítulo de las nacionalizaciones tampoco debería acabar con la nacionalización de la banca privada con ánimo de lucro – la banca ética privada podría ser la excepción a la regla -, sino que podría continuar con la renacionalización de aquellas empresas y servicios públicos, agua potable, por ejemplo, que fueron dolosamente privatizadas y que el tiempo ha demostrado que ni son mejores ni funcionan con más eficacia, al revés en más de una ocasión, que cuando eran públicas y proporcionaban ingresos al Estado y a otros poderes públicos que revertían en beneficio de todos y no de unos pocos.

Finalmente, el corolario de estas medidas y su conclusión natural sería el rescate histórico de un Estado del bienestar puesto en entredicho por la deriva neoliberal de la UE, con servicios públicos – sanidad, educación, servicios sociales, pensiones – que se extendieran, como responsabilidad de la comunidad internacional y de todos y cada uno de los Estados, a toda la población mundial.

Queda, sin embargo, una cuestión crucial que abordar. ? Quién puede llevar adelante esta gigantesca tarea, esta empresa de titanes?

Cuando en 1997 Ramonet proponía coordinar la acción de ATTAC “con sindicatos y asociaciones con finalidades culturales, sociales o ecológicas”, para la consecución de la Tasa Tobin, marcaba un camino que en la actualidad es claramente insuficiente. La tarea hoy, para poner fin a la dictadura financiera, requiere del esfuerzo de toda la sociedad permanentemente movilizada. Hace falta un renacimiento del altermundismo, que podría aprovechar la cita de 2013 del Foro Social Mundial de Túnez; la presencia combativa de unos sindicatos que se reivindiquen en la acción; la nueva savia luchadora de las jóvenes generaciones, esas dicen que ‘perdidas’, que han peleado en la ‘Primavera árabe’, en la Europa indignada del Sur y otros países europeos y en Estados Unidos y, en general, el concurso de la inmensa mayoría de la ciudadanía, víctima permanente de la codicia insaciable del poder financiero global. Y hace falta, por último, que o bien los viejos partidos de la clase trabajadora sean consecuentes con los intereses y los derechos populares que dicen defender, o bien dejen su lugar a nuevas fuerzas que recojan con más consecuencia el antiguo mensaje socialista y las nuevas realidades irreversibles del feminismo y el ecologismo.

 

ATTAC canarias no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

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