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Libertad de expresión

Censor y censurado: pareja indisoluble

José Miguel Contreras

Publicada 28/02/2018 en Infolibre

La censura es como un gas venenoso. Una vez liberado, una corriente de aire puede hacerle desplazarse hasta cualquier sitio, incluso donde ahora te encuentras. El símil es del ACLU (American Civil Liberties Union). Refleja a la perfección el problema que reaparece en España. No vivimos en un estado dictatorial y existe un amplio margen para opinar sobre cualquier asunto, pero es evidente que hay gas venenoso circulando en nuestro entorno. Es necesario eliminarlo y encerrarlo allí de donde nunca debió salir, en el pasado más oscuro de nuestra historia.

En las últimas semanas, hemos asistido a diferentes imposiciones, algunas apoyadas en leyes manifiestamente disonantes con los tiempos actuales y otras impulsadas por decisiones de responsables políticos carentes del más mínimo sentido democrático. Cada caso es distinto. Cada uno de ellos merece un tratamiento aislado. Pero todos ellos tienen en común la pretensión de algunas personas de impedir difundir a otras sus ideas a través de distintas expresiones artísticas. Hablamos de artes plásticas, de literatura, de humor, de música, etc.

Noam Chomsky mantenía que solo podemos decir que defendemos la libertad de expresión si aceptamos la de aquellos a los que despreciamos. Es la mejor prueba del nivel de madurez democrática de un país, medir nuestra capacidad de aceptar las opiniones de aquellos con quienes más podemos confrontar. Nada nos obliga a compartir su criterio, pero una sociedad libre nos anima a defender su derecho a expresarse a través de cualquier manifestación comunicativa.

Todos entendemos el derecho de cada uno a escandalizarse de lo que le venga en gana y, sin embargo, hay quien discute el derecho a escandalizar. En realidad, son inseparables. Ambos se necesitan. Carecen de sentido si no van juntos. La posición del censor es eminentemente reaccionaria.  El reaccionario vive para enfrentarse a sus opuestos. Encontrar algo que prohibir es lo que da sentido a su existencia. Hay que reconocer que provocarles tiene su gracia. Le da sentido también a la vida de otros muchos. Hay quienes presumen de su virtud de hablar claro y llamar las cosas por su nombre, y suelen ser los más reacios a escuchar las opiniones de sentido opuesto a las suyas.

La libertad de expresión, incluso más que un derecho, es una necesidad inherente al ser humano. En mi casa, una anécdota recurrente que mis hijos sacan a colación cada vez que tienen oportunidad se refiere a la blasfemia que salió de mi boca cuando aún eran pequeños aquella vez que me pegué con la cabeza en un armario. Uno de los casos en los que más valoramos la libertad de expresión es cuando uno se golpea los dedos con un martillo. El exabrupto y el grito buscan en estos casos un efecto terapéutico. Nadie quiere en ese momento proclamar su crítica a divinidad alguna y la mención específica a la santa madre del martillo indica únicamente que te duele hasta los tuétanos. A veces, también la injusticia, la desigualdad, la represión o la frustración necesitan válvulas de escape.

El escándalo es una de las herramientas más utilizadas en las sociedades libres para reaccionar ante algo que consideras injusto. Para enfrentarte a algo que quieres derribar. Lo normal es que un ciudadano aislado no tenga fuerza suficiente para tumbar una gran muralla. Se necesita concienciar a otras muchas personas para que se unan en un esfuerzo común. El escándalo puede ser un eficaz recurso para conseguir llamar la atención de la gente.

Especialistas en el arte moderno, como el francés Thierry Ehrman, afirman que “no habría arte contemporáneo sin escándalo”. Según su criterio, una obra solo entra en la historia del arte si es escandalosa. Y añade: “Es una colaboración perfecta entre el artista y el carca”. Con todo el sentido del mundo, Santiago Sierra ha agradecido públicamente al presidente de IFEMA, Clemente González Soler, su contribución al éxito de su iniciativa artística. La plasmación de su punto de vista sobre la supuesta existencia de presos políticos en España es enteramente de su autoría. El escándalo monumental creado y la elevación de la obra al centro de la atención mediática hay que reconocérselo con toda justicia al Sr. González. De hecho, resultaría más apropiado que la venta inmediata de la obra a un precio superior al previsto hubiera sido compartida por Santiago Sierra y por su galerista, Helga de Alvear, con el presidente de IFEMA, a quien pocos han reconocido públicamente su capacidad de llevar el arte conceptual a la cima de la popularidad. Clemente González puede estar contento. “Feliz es el que provoca un escándalo”, decía Dalí.

Como todo un éxito cabe calificar también la decisión del ex alcalde de O Grove, José Alfredo Bea Gondar, de solicitar el secuestro de la novela Fariña, escrita por el magnífico periodista gallego Nacho Carretero. Gracias a su denuncia, ya conocemos las andanzas de Bea Gondar, su cercanía al narcotráfico y cómo se libró de la cárcel gracias al sospechoso rechazo a declarar de un testigo clave del proceso. Quizá lo más injusto es que el exalcalde ha tenido además que pagar 10.000 euros como fianza para que la jueza de Collado Villalba, Alejandra Fontana, activara el secuestro del libro que le ha hecho famoso. La decisión de la magistrada ha convertido a Fariña en un best-seller en su edición digital y le ha regalado casualmente a Antena 3 la mayor campaña de publicidad imaginable para hacer de la serie un acontecimiento televisivo.

Los periodistas defendemos que la prensa es a menudo un contrapoder. También lo puede ser la expresión artística. En ocasiones, sirve como contestación al dirigismo, a la imposición. Suele ser una batalla desigual entre el poder establecido y la simple creación de un artista individual. Pero, si el mensaje consigue conectar con buena parte de la sociedad, puede ser una inteligente respuesta frente al puritanismo entendido como el intento de imposición a los demás de unos excluyentes principios morales o ideológicos.

Un caso especialmente polémico es el del rapero Valtonyc, condenado por el Tribunal Supremo a tres años y medio de cárcel acusado de tres delitos por las letras de sus composiciones. Leer los textos de las canciones resulta impactante. Se aprecia un evidente desvarío y una falta de mínima sensibilidad respecto a las cuestiones que aborda. Son perfectamente criticables y, posiblemente, sobrepasan los límites tolerables por amplísima que sea la máxima aplicación del concepto de libertad. Ahora bien, si merecen algún tipo de respuesta legal, en ningún caso parece adecuado llegar a tres años y medio de prisión.

Tiene que haber una correlación entre las intenciones del enjuiciado y los efectos que puede provocar. El problema surge cuando se descontextualiza y se saca de su ámbito. Las letras de Valtonyc son reprobables, pero es absurdo calificarlas de amenazas si no hay voluntad alguna de acometer las barbaridades que entona en sus proclamas. Están hechas para consumir entre sus hasta ahora escasos seguidores y el escándalo de los disparates que expone sólo ha venido propiciado por la amplificación que ha supuesto el sonado proceso judicial y la publicitación a través de grandes medios de comunicación. Jamás ninguno de estos medios hubiera admitido la inclusión de semejante contenido y, sin embargo, por el hecho de ser objeto de una criticable condena se difunde sin límite alguno. Ni la intención del rapero era convertir en acciones las brutalidades que cantaba, ni el auditorio que buscaba era el de los grandes medios de comunicación masivos.

Es evidente que Valtonyc no domina recursos del lenguaje como el matiz, el eufemismo o la retórica. Su abrupto mensaje le ha llevado a una condena propiciada por una extremada legislación que manifiestamente deberíamos remover por acuerdo mayoritario. Dicen los especialistas jurídicos que la sentencia será anulada por los tribunales europeos, aunque para entonces posiblemente la condena esté ya cumplida.

Como final del espectáculo vivido estos días se ha producido el famoso incidente provocado por la intervención policial en un parque de Torrejón mientras el cómico Joaquín Reyes grababa un sketch sobre Puigdemont. La surrealista e hilarante situación ha terminado por oscurecer el punto principal del anecdótico incidente. El propio Joaquín Reyes ha relatado que el vecino que llamó a la policía estuvo presente en la intervención y que al preguntarle por su absurda llamada a las fuerzas del orden contestó: “El tema de Cataluña es serio y no está para hacer bromitas”. La llamada no era porque pensara que el auténtico Puigdemont bailaba por su barrio, estelada al aire delante de un equipo de televisión, sino porque un humorista hiciera una chanza que consideraba inadmisible. Lo dicho. Quienes trabajamos en el mundo de la comunicación tenemos garantizada la ocupación: el censor vive para enfrentarse a sus opuestos. Le damos sentido a su existencia.

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